2.20.2006

Periodismo y Literatura


Ponencia leída en la Casa del Escritor el 13 de febrero durante el foro de Políticas Culturales convocado por la Secretaría de Cultura del Estado de Puebla.





El ejercicio periodístico en Puebla pasa por un impasse. Pueden mencionarse desde la falta de parámetros para un periodismo de calidad con valores éticos, informativos y narrativos — tal y como señala el foro Periodismo de Calidad auspiciado por la Organización de Estados Americanos celebrado el 30 de agosto del 2005 en la Universidad Iberoamericana, Campus Santa Fé— hasta la estrecha dependencia de la prensa local a proyectos políticos y una fuerte dependencia de los recursos públicos para su permanencia mientras que en el otro extremo la literatura local carece de espacios de difusión masiva y en otros casos encuentra en los suplementos culturales, más que espacios de difusión, escenarios de divulgación limitada a los fines de semana o escaparates de comentario interpersonal que reproducen los vicios del amiguismo, la auto-segregación y el ghetto del sector letrado.
Lejos de ser un ámbito de influencia en la cosa pública el sector letrado en Puebla se impulsa a sí mismo para volverse un margen y concentra sus esfuerzos en la repetición de prácticas para visibilizar a su literatura.
En el horizonte de los escritores locales el periodismo aparece como el “desfiladero de la nota”, la instauración del lugar común de lo efímero. Me refiero a la declaración, la entrevista banquetera, la crónica, frente al “verdadero” fenómeno literario: el ensayo, la novela, el poema, el cuento, etc.
Desde este panorama el periodismo aparece como un ejercicio estéril, un apéndice de la literatura, un protozoario de la novela, en el mejor de los casos.
No obstante, desde mi perspectiva, que es la de un lector y al mismo tiempo la de alguien que practica cotidianamente el periodismo, el periodismo puede ser rearticulado no sólo como un componente de la cosa pública que puede incidir en la construcción de los valores democráticos sino también en una suerte de eje que rearticule el ejercicio de la literatura desde el ámbito de lo cotidiano-transitorio, de lo cotidiano-testimonial, de lo cotidiano-efímero.
Como bien lo cree Tomas Eloy Martínez y lo registra la historia de la literatura: el respeto a la palabra, su trabajo con ella, es asimismo intenso y creativo, desde la redacción de un periódico o una revisa semanal que desde la trinchera del ensayo o el poema, escribir para un periódico – no desde un suplemento o desde una colaboración ocasional- exige también un compromiso con el lenguaje.
En este documento abordo una serie de propuestas sobre cómo el periodismo y la literatura pueden convivir en espacios de construcción de la identidad como la Casa del Escritor.


Formación
Los medios de comunicación harían bien en apoyar iniciativas como la Casa del Escritor. Pero no solamente difundiendo el trabajo que desempeña este sitio. Sino también involucrándose en otro sentido. Por ejemplo, mandando a sus reporteros y jefes de información a saber cómo contar una historia. Claro, que con esto no quiero decir que los periodistas deban convertirse en escritores, o que un reportero es como una proto-escritor. No. Simplemente sugiero que un reportero con un background en novela, cuento o poesía podría contar con herramientas que le permitan enriquecer su trabajo y relatar una historia.
Es aquí donde este tipo de instituciones pueden vincularse de manera más cercana. Seguramente se puede refutar esta sugerencia señalando que la función de la Casa del Escritor es preparar escritores y que los periodistas son egresados de escuelas de comunicación y que hacer talleres para periodistas está fuera de su alcance.


Testimonio y memoria cotidiana
Pero no sólo se trata de eso. La cabida para las diversas formas de escritura es una de las responsabilidades que las estructuras del poder deben fomentar y propiciar. Pero la responsabilidad es compartida, el retrato de una parte de la realidad o de la visión del mundo le corresponde también al reportero que con sus propias herramientas contribuye a construir y deconstruir los trozos de la historia.
Jacques Le Goof, el historiador francés, comparte la trascendencia del periodista como un historiador cotidiano, como un fotógrafo del mundo, que dejará su testimonio como fuente histórica.
Los lectores ganarían mucho con la desaparición de los suplementos de literatura. Quiero decir con esto, si la literatura dejara de refugiarse en estos lugares para abarcar otros espacios de los periódicos locales: llámese entrevista, crónica, reportaje. De otro modo, estamos condenados a perpetuar los reduccionismos entre ficción como literatura y realidad como algo anti-literario.

Interlocución con los actores sociales
La memoria colectiva sólo es posible cuando existen tantas historias contadas como sujetos hay en el mundo. Esta movilidad social es la que permite una interacción entre el mundo que se construye y la realidad que se cuenta.
Yo hablo como un lector. Eso es lo que uno aspira finalmente, a ser un buen lector, un lector que pueda encontrar historias. No un periódico atiborrado de reportajes y de crónicas que ciertamente sería un exceso y algo sumamente empalagoso. Lo que uno quisiera más bien es encontrar en los periódicos algo más que un recuento de declaraciones de los políticos en turno, algo más que el elogio oficial vestido de boletín de prensa.
Si tiene razón Gianni Vattimo cuando escribe que el mundo de la posmodernidad se caracteriza porque han dejado de existir los grandes relatos, los llamados meta-relatos de la Ilustración, en los que la Historia con mayúscula ha dejado de ser una, como la Historia de Occidente, para fragmentarse en un conjunto de historias periféricas es tiempo entonces, sugiere Vattimo de que cada colectividad de la periferia, cada individuo de la periferia, escriba su propio relato, dé testimonio de la realidad, tal y cómo él la percibe, y todos estos fragmentos permitan la emergencia de una subjetividad o lenguaje de la tardo-modernidad.
Por lo que en este contexto la figura del escritor deja de ser la del Escritor con mayúscula, la del gran novelista balzaciano, la del intelectual de la posguerra al estilo André Malraux, la del hombre de letras que acumula poder volviéndose el amanuense de la clase política, el biógrafo del poder o el gran relator de la sensibilidad de las elites encubierto en ese gran código de códigos que llamaríamos literatura, institución literaria, autor o escritor.



Fomento de las escrituras alternativas
No sólo desde el periodismo se vulnera esta actitud sino ahora también desde las tecnologías de la información como las bitácoras en línea de escritura, mejor conocidas como blogs, o weblogs, en las que la historia se escribe en tiempo real, con anotaciones mínimas, personales, en las que cada blogger es el autor de un texto móvil, no sujeto a las restricciones del texto secuencial sino a modalidades como las del hipertexto que permiten desde el texto mismo una reconstrucción de su sentido modificando la añeja relación entre autor y texto, y colocando entre paréntesis nociones que dábamos por sentado de modo automático como la de “autor”.


Políticas de publicación de periodismo social
El libro sigue siendo el modelo de transmisión de la cultura. A través del libro apreciamos la realidad como una instancia en constante remodelación, como un fenómeno emergente, como uno de los mundos posibles.
Es por eso, que la memoria, el testimonio, las versiones de la ciudad y del estado, no puedan ser reducidas a una historia oficial o a una sección en las páginas de turismo en el México Desconocido. A medio camino entre la etnografía, el relato de viajes, la crónica y el ensayo, ahí es donde el periodismo permite contar historias.
De lo anterior se desprende la necesidad de recontar el mundo no sólo a través de la ficción sino a través del periodismo como un generador de la identidad y de la diferencia.
En este escenario se requiere que en las políticas editoriales de la Secretaría de Cultura se contemplen colecciones dedicadas a preservar esta memoria y este discurso.
Pero no únicamente como memoria sino también como reflexión y crítica de cómo se relata la realidad.


La borrosa frontera ficción-realidad
Yo no sé si el periodismo es una rama de la literatura. Yo creo que no. Creo que el periodismo y la literatura han tenido si se quiere ver así encuentros casuales y algunos de ellos muy afortunados. Insinúo además, que en algunos reportajes, contados reportajes, en algunas crónicas, contadas también, puede uno encontrar un destello de poesía, que muchas veces no puede encontrarse por más que se relea en un libro de versos o en las páginas de una novela.
En el fondo, lo que mueve a un reportaje y a un poema, (a un argumento filosófico y a un teorema matemático) es un mismo instinto recrear ese momento inédito del mundo, lo que en su estética Schopenhauer llamaría contemplación.
Al poeta lo sorprende el mundo, el hecho de que haya un mundo en lugar de nada, pero en lugar de reverenciar a un dios como un creyente religioso lo que hace es cantar esa sorpresa, ese instante de sorpresa. Lo que mueve, si se me permite esa simplificación de la poética, a un narrador a contar una historia, es la vivacidad de un hecho, su frescura, el poder dotar al lenguaje de ese brillo descubierto en la historia; recreación de la experiencia, recuperación del instante son de este modo lo que subyace a la experiencia estética.
Lo que hace un periodista, digamos un periodista que cuenta historias, es en apariencia distinto pero parte también coincide con el trabajo de un narrador. Escoge un fragmento de la realidad no para reproducirlo fielmente sino para transformarlo en un objeto para un lector. El lector que al día siguiente abrirá el periódico en el café.
Ya la frontera entre la ficción y la realidad, vieja dicotomía propia de la modernidad, ha sido demolida por Dickens en el siglo XIX y a mediados del siglo pasado por Truman Capote. Ya no son los días en que la realidad y la ficción eran lo constitutivo del periodismo y de la literatura respectivamente. Tampoco puede creerse que el escritor es un creador y el periodista un reproductor de la realidad.

Bibliotecas itinerantes
El libro como herramienta cultural no sirve embodegado. El libro es siempre un reto para el pensamiento. En la madriguera racionalista del libro también se oculta el surtidor de ideas de la pasión y no resulta casual que una sociedad sin lectores sea una sociedad acrítica, pasiva y dócil ante el poder. No se trata sólo del placer de la lectura sino también de cómo una sociedad informada puede construir parámetros de convivencia social.
Frente a esto, no basta sólo publicar libros, sino también contar con políticas públicas eficientes que permitan su difusión. En este sentido, propuestas como la de bibliotecas itinerantes convierten al libro en un objeto de uso, en un útil, en una herramienta, en un artefacto.

1 Comments:

At 5:41 p.m., Anonymous Anónimo said...

Excelente el comentario, se que lo mediático, lo del momento o mejor lo vivido ya castran los buenos relatos en el periodismo.
Sin embargo, quiero dejar para la discusión que en buena medida esos bellos trabajos periodísticos alumbrados por las historias del día tras días en zonas particulares que afrontan fenómenos sociales como el hambre, la drogadicción, la violencia y el conflicto armado como el caso de Colombia, país al que ador y hago gestión en busca de la paz, se han limitado por el problema empresarial. Sí. Las empresas periodísticas viven más en función de su rentabilidad de cotizar en bolsa dejando de lado la calidad periodística expresada en cualquier modelo periodístico, llámese crónica, reportaje, noticia, opinión…

 

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